por Cristina de la Torre | Dic 3, 2024 | Actores del conflicto armado, Acuerdos de paz, Conflicto armado, Conflicto interno, Conversaciones de Paz, Derecho fundamental, Diciembre 2024, Farc, Gustavo Petro, Impunidad, JEP, Justicia, Justicia restaurativa, Justicia transicional, La ley de Víctimas, La paz, Ministerio de Salud, Movimiento social, Mujer, Pacto Social, Posconflicto, Proceso de paz, Seguridad Humana, Violencia
Desafortunada coincidencia. Cuando la brutalidad sexual contra nuestras mujeres alcanza proporciones de tragedia nacional, exalta Petro a tenebrosos victimarios suyos a posiciones de poder. Se propone nombrar asesor de Presidencia a Armando Benedetti, señalado de violentar mujeres (su esposa entre ellas, a quien habría amenazado con arma blanca). Para no mencionar a otras cuatro solemnidades sindicadas de abuso sexual. Y anuncia designación como gestor de paz al exjefe paramilitar Hernán Giraldo, alias Taladro, acusado de violar a 201 niñas, aunque hay quienes calculan la cifra en 400. Entre ministros y titulares del alto Gobierno, nueve se rebelan contra estos planes de Gustavo Petro, que no son simple ligereza sino inmoralidad. Falta al decoro el primer mandatario y mancilla el pundonor del país que contempla con horror las fotografías de 745 víctimas de feminicidio en lo corrido del año, cifra que proyectada a diciembre se acercaría a 1.000. Que se sepa. Y se sobrecoge con el último caso conocido: a Sara Sofía Camacho, de cinco años, la torturó su padrastro, la violó y la mató. Sucedió en Guamal, Meta, pero sucede tres veces cada día en la dolorida Colombia que ve asesinar a sus mujeres en casa y en las trincheras de la guerra.
Una causa de esta iniquidad aletea en la revitalización del oscurantismo que naturaliza el desprecio por la mujer, lo convierte en odio y lo resuelve en crimen. Informa el Instituto Nacional de Salud que hubo el año pasado 158.394 casos de violencia de género, 77.5% contra mujeres, y este año las agresiones aumentaron 138%. Hoy corren peligro de feminicidio 2.275 personas en Bogotá, la manifestación más atroz de violencia contra la mujer.
Iris Marín, Defensora del Pueblo, protesta por la distinción que se le otorgará a Benedetti e insta al agraciado a marginarse de todo cargo público, pues su exaltación a tan elevada posición política “alienta el machismo” que dispara la violencia de género. La Cancillería condenó los hechos ocurridos el pasado 24 de julio contra su esposa en Madrid y emprendió investigación formal contra el entonces embajador ante la FAO. Por su parte, la Corte Suprema lleva varios procesos contra Benedetti.
Por su desmesura, apodaron a Hernán Giraldo el “monstruo de la Sierra Nevada”. Forzaba él la compañía de niñas para embarazarlas y reforzar con los propios hijos su ejército de narcotraficantes, y fue expulsado del tribunal de Justicia y Paz por perpetrar el delito en las cárceles donde pagaba condena. Giraldo es una variante del abuso sexual que proliferó en la guerra y que paramilitares usaron no apenas para degradar y castigar a las mujeres sino para humillar a su enemigo varón; para cohesionar el grupo armado y afianzar su identidad violenta, diría el Grupo de Memoria Histórica. Todas las organizaciones armadas emplearon la violencia sexual como arma de guerra contra las mujeres. Corrieron ellas un riesgo adicional: no ya sólo en su casa sino en las trincheras de la guerra.
Las Farc no se quedaron atrás: 40% de su tropa eran mujeres y al parecer de todas se abusó, empezando por el comandante Raúl Reyes. La JEP acaba de imputar el delito a la que fuera cúpula de esa guerrilla, hoy desmovilizada: si no por comisión directa, por omisión ante violación y esclavitud sexual; por aborto forzado y asesinato o desaparición de sus hijos.
La psiquiatra Lucrecia Ramírez identifica en el “sesgo de sexo” la causa principal de la violencia carnal contra las mujeres: es la mirada torva, oblicua que se resuelve en guerra, explotación, discriminación y abuso. Es ánimo de control y de avasallamiento que se descarga todos los días contra ellas. “Nada que celebrar, nada que conmemorar (los días 25 de noviembre). Misoginia infame”. Y Petro ahí, premiando a los victimarios que lo rondan.
por Cristina de la Torre | Oct 29, 2024 | Democracia Plebiscitaria, Derecho fundamental, Internacional, Libre Mercado, Modelo Económico, Mujer, Neoliberalismo, Occidente, Octubre 2024, Personajes, Política de Estado, Racismo, Régimen político
Los comicios que en 2016 eligieron a Trump revelaron cambios insospechados en la sociedad estadounidense, que trastocaron la composición de fuerzas en los partidos y reconfiguraron el mapa político. Y ese punto de inflexión persiste en esta elección de 2024. En colectividades de maleable ideología porque reúnen intereses muy diversos, a veces opuestos, de una sociedad más y más segmentada y compleja, grandes franjas de militantes invierten valores y posturas políticas: sectores que votaban siempre por su partido emigran al ideario contrario. Así lo registra Juan Negri en Le Monde Diplomatique.
En la elección de 1932 el Partido Demócrata, que había expresado los intereses del racismo y del esclavismo, se trocó en partido de los afrodescendientes; abandonaron estos el Partido Republicano, victorioso en la guerra civil de 1861 que abolió la esclavitud. Realineamiento parecido, pero de signo contrario, tuvo lugar en el seno de los demócratas esta vez, cuando chocaron la elite tradicional y una base popular anti establishment económico, nacionalista y xenófoba, hostil al modelo de mercado que la había empobrecido. Millones de trabajadores resintieron la desindustrialización de regiones enteras provocada por los tratados de libre comercio que Bill Clinton había suscrito y la supresión de regulación financiera que desembocó en la crisis de 2008.
Azuzó Trump el malestar del viejo proletariado, de franjas enormes de operarios del cordón industrial que vieron reducirse sus ingresos, después de haber sido pivote del Partido Demócrata y sujeto del modelo socialdemócrata que el New Deal de Roosevelt creara en los años 30. Se alzaron contra la globalización neoliberal y suscribieron el conservadurismo social que Trump agenciaba, mientras se erigía en adalid de la confrontación entre élite y pueblo, para reorganizar el juego político “desacoplando fuerzas que antes estaban alineadas”, dirá Negri.
No contento con su perorata contra el capitalismo salvaje, cuya paradójica, brutal encarnación es él mismo, reanimó los valores sociales y culturales más retardatarios que hibernaban en los entresijos del puritanismo secular desde tiempos del May Flower: racismo, homofobia, xenofobia, misoginia, educación confesional, anticomunismo, patriarcalismo y religión como santo y seña de ciudadanía. Y todo llevado a extremos del fundamentalismo que potencia la violencia. Trump revitaliza el conservadurismo en su rechazo al multiculturalismo, al progresismo de demócratas citadinos atentos al medio ambiente, al feminismo, a las minorías. Exacerba el odio a los “liberales”, voz peyorativa con la que se designa allá a los socialdemócratas.
Hoy rubrica Trump su involución a la caverna con la opresión a la mujer, apunta María Antonia García (El Tiempo, 10, 19). Suspira él, como en tiempos idos, por su sumisión, por confinarla a la celda doméstica, por la maternidad forzada. En el júbilo revanchista de sus áulicos (ominoso homenaje a ultrajes sepultados por la modernidad) Trump no solo ofrece generalizar la prohibición del aborto, sino que pone en entredicho los derechos de la mujer a la educación, al trabajo, a la autonomía financiera, al sufragio. Y todo ello en la complacencia de bases obreras que fueron otrora bastión de los demócratas.
Placas tectónicas se mueven en Estados Unidos, y colisionan ahora como fuerzas antagónicas entre democracia y totalitarismo. Mas el modelo económico mismo, que dio lugar a la crisis, apenas si se menea en campaña: reverbera en la trastienda, mientras avasalla el extremismo político de un orate que ejecutaría sin vacilar amenazas de reprimir a sus contradictores con el ejército, deportar en masa a los inmigrantes y rodearse de generales “como los de Hitler”. Sí, el fascismo a las puertas del poder.
Coda: Maria Antonia García es mi hija.
por Cristina de la Torre | Oct 17, 2023 | Corrupción, Iglesia Católica, Iglesias, Impunidad, Internacional, Justicia, Mujer, Octubre 2023, Reformas liberales
Pocos escenarios tan reacios a conceder a las mujeres el sacerdocio, la prefectura y posiciones de alto poder en el Vaticano, como el sínodo de obispos que sesiona en Roma. Acaso porque 54 mujeres participen en él con voz y voto por primera vez, para escándalo del oscurantismo purpurado que se hace cruces ante la dosificada rebelión del género al que la Biblia llamó víbora. Y, peor aún, concurren ellas a instancias de Francisco, que va en pos del nuevo aliento -ya naufragado, ya rescatado- de Juan XXIII. La reforma sofocada muestra de nuevo sus orejas. No todos le reconocen la razón filosófica, pero sí la razón práctica: se hunde la Iglesia entre los muros de una monarquía atemporal que revienta en crisis de vocaciones sacerdotales y amenaza diáspora en el rebaño. A falta de curas que oficien misa y hagan apostolado, por encima del fierro de la norma canónica, 200 mujeres se han consagrado ya sacerdotes y ejercen en el respeto de su feligresía.
Hijas de las sediciosas que dieron nuevo lustre al siglo de oro español, de Santa Teresa de Jesús y Sor Juana Inés de la Cruz, entre otras que desafiaron al Santo Oficio con el delito-pecado mayor en una mujer: escribir. De Teresa se ha dicho que, de no haber sido mujer, hubiera ocupado el sitial de Cervantes. Pero la Inquisición encontró su obra “más cerca del demonio que de Dios”. La persiguió, la acorraló, mutiló sus textos o los escondió y la puso a las puertas del presidio. Las de hoy son también hijas de la Madre Laura de Jericó, que enfrentó de pensamiento, de palabra y obra y bella prosa al azote ensotanado de la comarca: monseñor Builes. La hostilizó el prelado por haber ella migrado a cuidar indios y negros en las selvas de Urabá; por evangelizarlos con respeto de sus culturas; pero sobre todo por desobedecer, díscola arrogante, a la varonil autoridad que le obligaba. En 2013 la elevó Francisco a los altares.
Salvo chispazos como los señalados, apunta la teóloga Isabel Corpas de Posada, la teología fue siempre patrimonio de los hombres; sólo desde el Vaticano II incursiona la mujer en esos dominios. Invisibilizada, silenciada, dice, descubre no obstante su mirada propia. Y si llega a protagonizar la controversia en el sínodo de hoy, será también porque la consulta sinodal de 2017 escuchó la voz de 23.000 personas que clamaban por reformar los ministerios de la Iglesia, en reconocimiento de las responsabilidades que de hecho asumían las mujeres. Señala el papa Francisco que ellas han ejercido un ministerio de facto, sin el encargo formal reservado a los hombres por la ordenación y les abre espacios de poder en la Curia Romana. Resalta en María Magdalena el título de apóstola con el que Jesús la distinguió. Pero no les concede a las mujeres el sacerdocio.
Se hace eco de Pablo VI -y del misógino San Pablo- para quienes el sacerdocio femenino no figura en los planes de Dios. El código canónico y la liturgia como ritual exclusivo de hombres, señala nuestra teóloga, simboliza la radical exclusión de la mujer por una iglesia edificada sobre el patriarcalismo. La invisibilidad de las mujeres representa aquí su marginalidad en la organización de la Iglesia. Si defienden ellos con tanto ardor aquella discriminación, es porque en el fondo se juega el poder.
En una comuna popular de la ultraconservadora Medellín oficia como sacerdote Olga Lucía Álvarez, considerada primera presbítera de América Latina. Sostiene ella que al primer intento de reconvención de obispo le cerrará la boca recordándole el pesado fardo de la pedofilia tolerada por la jerarquía en nombre de la patriarcal unidad de la Iglesia. Y la rodearán sus feligreses.