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TEMAS / Columnas sobre PARTIDOS
Raquítico estatuto de oposición
No podía hacerse el harakiri. La clase política tradicional aprobó un estatuto que democratiza el ejercicio de la oposición, pero negó los mecanismos que lo garantizan. En decisión inédita para Colombia (pan comido en democracias genuinas) ahora quien disienta del gobernante deberá declararse en el duro pavimento de la orilla opuesta. Sin puestos ni gabelas. Se acabaría el juego de oponerse al mandatario con quien se cogobierna. Mas será solo en el papel, pues seguirá fluyendo la mermelada, dinero a saco del Gobierno para los partidos de su coalición. Hundió el Congreso el artículo que obligaba a convocar audiencias públicas para discutir presupuestos oficiales. Cero vigilancia, pues, sobre fondos del Estado desviados para compra de votos y financiación de campañas amigas, con perjuicio de la oposición.
¡Adios a la guerra!
Se cumplió el sueño dorado de tres generaciones de colombianos: la desaparición de las Farc, abultado factor del conflicto que nos deja 300.000 muertos. Es el fin de la guerra. Hace cuatro años, cuando en Oslo esa guerrilla se proclamó víctima siendo victimaria, parecía una quimera el acuerdo que hoy registra el país emocionado. He aquí que la insurgencia más longeva del hemisferio, eco apolillado de la Guerra Fría, depone las armas, se pliega al Estado burgués y a su justicia, deviene partido legal y suscribe un programa de reformas liberales, no socialistas, acalladas durante un siglo por el estruendo de la conflagración. Abrirán ellas el cambio que rescate a Colombia de la premodernidad. Otras propuestas se liarán también en la arena de controversia sin fusiles que la democracia ofrece a todos.
Partidos, a reinventarse
Del neolaureanismo al leninismo, podrá el 3 de octubre empezar a desplegarse una gama variopinta de opciones políticas impensable en esta Colombia de cuasimonopolio del conservadurismo. Con tres perspectivas que nos acercarían a las democracias en regla. Primero, la posibilidad de hacer política sin matar a adversario. Segundo, la de cualificarla en la confrontación de estrategias para construir un país más justo, incluyente y en paz; declinarían el clientelismo y la corrupción en los partidos. Tercero, podría decantarse la tendencia en ciernes al reagrupamiento de fuerzas en dos coaliciones remitidas a los acuerdos de La Habana. Desde las derechas una, la otra, desde el centro-izquierda, juegan ellas desde ya con proyección a las elecciones de 2018.
Pánico en la caverna
Carambola a tres bandas quiso anotarse el renacido integrismo católico. Acaso sueña la Iglesia en volver a controlar cada resquicio de la sociedad a golpes de Biblia. Flanqueada por evangélicos de idéntico propósito, aquella transmutó el legítimo derecho de los padres a intervenir en la educación de sus hijos –que nadie negaba– en batahola de creyentes desinformados. Y el uribismo, en arma de guerra. Degradando el derecho a la igualdad en “ideología de género”, las fuerzas de nuestra Colombia cerril reaccionaron en proporción a las conquistas legales de la población LGBTI. “Mi hijo, antes muerto que marica”, rezaba la pancarta de un manifestante.
¿Paz sin partidos?
Absurdo imaginar que un demócrata como el padre Francisco de Roux quisiera favorecer la causa uribista. Pero su propuesta de marginar a los partidos políticos del poder local en el posconflicto, entregando los recursos de la paz a etnias, líderes, universidades y empresarios podrá ser un salto al vacío que sólo sirva al autoritarismo. Como al autoritarismo sirvió la ficción de democracia directa que la Carta del 91 introdujo, y cuyo único beneficiario fue Álvaro Uribe, en sus ocho años de caudillismo, corrupción, violencia, persecución a las Cortes y al disidente político. Llegado al poder con la bandera de la antipolítica, gobernó él a sus anchas sobre una sociedad desorganizada, aborregada en su debilidad y en el miedo, pasto de demagogia.
Partidos en barrena
Mientras la ultraderecha y la izquierda sufrían derrota clamorosa, prevaleció este domingo la componenda sin principios, infestada de delitos electorales, entre partidos anarquizados. 90% de los elegidos a alcaldías y gobernaciones venía por coalición pactada entre partidos disímiles, sin tocar ideas ni programas. Antioquia golpeó sin compasión a su ídolo, el expresidente Uribe, eligiendo gobernador y alcalde entre sus contradictores. En el resto del país, no corrió el senador con mejor suerte. . Fue mentís a su descabellada obsesión contra la paz. Bogotá le cobró a Clara López los desatinos propios y del Polo frente a los delitos que el alcalde de su partido protagonizaba. Y castigó en ella a la izquierda, tan torpemente expuesta por la administración de Gustavo Petro.
Candidatos en Bogotá: ¿toreando la ética?
En este mar bravío de corrupción no basta con decirse persona honrada. Todo candidato, llámese Peñalosa, López o Pardo, es figura pública llamada a rendir cuenta de sus actos u omisiones, a disculparse por ellos –si cabe– y a dar garantías de no repetición. Pero, además, debe sacudirse las malas compañías y exigirle a su propio partido explicación sobre apoyos a corruptos y delincuentes que trocaron la política en un fangal repulsivo para el 81% de los colombianos. Mensaje taxativo de Carlos Vicente de Roux a los candidatos en Bogotá, aquejados de mutismo en materia tan resbalosa. (Salvo la alusión al “fangal”, de cosecha propia). Si bien aclara él que no se trata de cobrarle a alguien los delitos o desaguisados de sus copartidarios, invita a recordar el “dime con quién andas y te dirá quién eres”.
Izquierda y derecha en el laborismo inglés
Mató el tigre, se asustó con el cuero, y perdió las elecciones. Pero le devolvió a la socialdemocracia su entidad de origen, en el ala izquierda del Partido Laborista que repudia el concubinato de su facción de derecha con el neoliberalismo hegemónico en Inglaterra desde Margaret Thatcher. Mientras se levantaba en el mundo una oleada de indignación contra los abusos del modelo que extremaba las desigualdades, Edward Miliband reencarnaba en ese país las ideas fundadoras del Estado de bienestar. El líder laborista denostó del capitalismo especulativo “depredador”, abogó por una economía productiva, por regulación financiera e intervención del Estado para redistribuir los bienes públicos. Su fórmula de capitalismo redistributivo, de democracia más enfática en igualdad que en libertad de mercado, amenazaba desbancar la del conservador Cameron, de crecimiento sin redistribución.
¿GRIETAS EN LA DERECHA?
No sorprende: según el Barómetro de las Américas, Colombia es –después de Surinam- el más conservador entre 24 países. Pero sí alarma la mutación de conservadurismo en tolerancia de hechos que lindan con el crimen. En ninguna democracia madura se verían con tanta naturalidad fotografías de la parlamentaria uribista Maria Fernanda Cabal recibiendo jubilosa ágape en su honor de neonazis confesos. Ni habría tan copiosa votación por un expresidente cuyo gobierno registró más de cuatro mil asesinatos de inocentes presentados como “positivos” de la guerra, sin que aquel lamentara siquiera los hechos. Con todo, el triunfo de la paz en la última elección está introduciendo aires inesperados en la política. Primero, la probable caída del procurador Ordóñez, apasionado antagonista de la paz, presagia tiempos menos amables para la derecha ultramontana. Segundo, este conservadurismo rabioso acusa fisuras.
EQUILIBRISMO DE PATRIA BOBA
Le llegó a Santos el momento de las definiciones ineludibles. Entró en crisis su equilibrismo paralizante que, por dar gusto a todos, borra siempre con el codo cada letra escrita con la mano. Si se la jugó por acabar la guerra, tendrá ahora que apostar todos sus reales a las reformas que conducen a la paz. Se impone el diálogo con el uribismo, claro. Y tendrá que gobernar con los partidos de la Unidad Nacional, a los que habrá de comprometer con el cambio. No sacrificar a precio de Ñoño las reformas que las mayorías reclaman hoy por boca de la izquierda, del movimiento social, de vastos sectores de opinión. Fuerzas decisivas en la reelección, harán ellas sentir su peso político y electoral. Desde la independencia o desde la oposición creadora, procederán ya para defender los acuerdos de La Habana; ya para batallar por un estatuto de oposición; ya para impugnar el adefesio de la reforma tributaria en ciernes que, lejos de afectar a terratenientes y banqueros o gravar las rentas del capital, reducirá el impuesto al patrimonio y elevará el IVA.
Cristina de la Torre