por Cristina de la Torre | Nov 2, 2012 | Actores del conflicto armado, Corrupción, Iglesias, Noviembre 2012, Régimen político
No es el único, pero sí uno de los más crudos ejemplares de la especie que convirtió a Colombia en el país archiconservador del hemisferio. Retrato en mano, Alejandro Ordóñez pide a gritos un espacio en la galería rococó de los hombres que manosearon el sentimiento religioso hasta convertirlo en fórmula de gobierno inquisitorial. En su nostalgia de Cruzadas y órdenes militares del Medioevo, apenas disimula el toque neonazi que la adapta a los tiempos. Desde Rafael Núñez, pasando por san Ezequiel de Pasto y monseñor Builes y Alvaro Uribe – santo de cabecera del beato Marianito- y algún pastor cristiano enredado en parapolítica, larga es la lista de nuestros teócratas que vuelven siempre sobre los pasos de la historia para petrificarla. Para sumarle nuevas telarañas a la caverna, mientras el mundo rebasa las modestas fronteras del liberalismo que aquí nos resulta todavía esquivo. Pero, más que iluminado, Ordóñez es un concupiscente del poder que, apuntando al solio de Bolívar, mueve la fibra goda de los indoctrinados en el miedo a la paz, a la pluralidad, a la preeminencia de la ley civil sobre la divina que vino con la modernidad.
La galería abruma. Núñez negoció el Estado laico contra la bendición pontificia a sus pecadillos de alcoba. Ezequiel fue heraldo de la sentencia que trocó el liberalismo en pecado y cobró miles y miles de vidas en la guerra de los Mil Días. La continuó monseñor Builes, pulpiteador de aquella sentencia de muerte contra el pueblo desafecto al partido católico, cuando Laureano, luz de Ordóñez, se declaraba seguidor del nazi-fascismo y promovía la acción intrépida y el atentado personal. Gobernaron los tonsurados por interpuesto presidente. Monseñor Perdomo, el Cardenal Crisanto Luque y Monseñor Muñoz Duque ungieron para el gobierno civil a los mandatarios Concha, Suárez, Abadía Méndez, Ospina, Gómez y Betancur. Debieron desfilar todos por el Palacio Cardenalicio para acceder a la casa de Gobierno. Y devolvieron con creces a la poderosa Iglesia sus galanterías. Los pastores cristianos siguen el ejemplo. De la sana libertad de cultos que la Carta del 91 consagró, saltaron a la divisa “un fiel un voto”. Son los suyos feudos electorales de incautos que pagan diezmos y sufragan a menudo por quienes ofrecen resignación en la tierra por la gloria de Dios. Sin preguntar antes si ofician también de parapolíticos o si su paz es la de los sepulcros. Como el pastor Jaime Fonseca, quien se permitió predicar energúmeno su fórmula divina para alcanzar la paz: “oración de cristianos y plomo ventiado”.
Ordóñez milita en una secta ultramontana del catolicismo que bebió, entre otras, en el pontificado de Benedicto. Instaba éste a la organización de políticos dispuestos a batirse por Cristo y contra el príncipe diabólico. El padre Iraburu extremó el llamado contra la “bestial liberal” y para alzarse en armas contra ella. En su tesis de Derecho, exalta Ordóñez “los alzamientos militares del heroico catolicismo mexicano y español” y aboga por un Estado confesional edificado sobre el cadáver de la democracia. Homicidio perpetrado a dos manos: por el integrismo católico y por el ejemplo nazi. Fiel a sus fuentes, ya en 1978, fungiendo como cruzado medieval, repitió Ordóñez la incineración de libros que aprendiera de Hitler, de Videla y Pinochet. El procurador es resultado y síntesis de esta historia. Fingiéndose elegido de Dios para salvar la religión católica, no oculta, sin embargo, su pasión por el poder mundano. Hacia éste apunta el ejercicio selectivo de sus condenas “judiciales” ejecutadas a golpes de Biblia y de clientela. Contra blancos legítimos del dios de sus ejércitos.
por Cristina de la Torre | Jul 3, 2012 | Julio 2012, Modelo Político, Régimen político
Nunca se sabe. De pronto resucita la reforma a la justicia en pos de la mano peluda que, haciendo pistola, se le quedó a aquella por fuera de la tumba. Entonces veríamos a los 1.300 primeros excarcelados encabezar campaña por una constituyente que nos salve de la hecatombe. Que, bandera de la moral en mano, le devuelva a Uribe la presidencia y plasme, por fin, el sueño dorado de la patria refundada. Ya se alistan a ganarle la partida a la Corte Constitucional y al referendo, únicos capaces de asestarle al estropicio la estocada final. Su primera carta, convertir en cataclismo la fetidez de los poderes públicos que intoxica el ambiente. Montarse en la ira ciudadana para derribar todas las instituciones, en particular el control jurídico de la política que 1991 consagró. Y, en alarde profiláctico, cerrar el parlamento. Golpe de mano pleno de logros: bajo sus ruinas quedarían sepultadas la corrupción que en el gobierno anterior alcanzó dimensiones inéditas, leyes como la de Víctimas que son el coco del uribismo y toda medida que apunte a la paz.
Usufructuario privilegiado de la democracia directa que la Carta del 91 introdujo, Álvaro Uribe la convirtió en populismo plebiscitario al servicio de un proyecto dictatorial. Ahora querrá mangonear el pronunciamiento de la ciudadanía que por vez primera escapa a la manipulación de los políticos, a la conversión de los derechos en pequeñas caridades del Benefactor de rosario y charreteras que hoy llora la viudez del poder. Y para recuperarlo, no vacila en traicionar su lucha de años por el adefesio que también sus seguidores acaban de aprobar en el Congreso. Obra del uribismo fue el acto legislativo 01 de 2011, matriz de la reforma de marras. Pero ahora aprovecha el limbo jurídico para justificar la convocatoria de una constituyente. Se le apareció la Virgen. Suertudo, Uribe ganaría por punta y punta: si sobrevive la reforma –o disposición parecida-, ésta librará de ataduras penales y de todo escrúpulo a su avanzada política para activar una constituyente que, en vista del horror, vuelva a barajarlo todo. Si se hunde definitivamente, tendrá el expresidente razones poderosas para reconstruirla por el camino de la constituyente. Un detalle faltaría: explicarle a la Virgen y al país sus relaciones con el General Santoyo, llamado a juicio en Estados Unidos por supuestos vínculos con la tenebrosa Oficina de Envigado.
En regímenes presidenciales, clausurar congresos es cosa de dictaduras. Lo fue en el Perú de Fujimori. Lo fue en la Colombia de 1949, cuando Laureano Gómez ganó la presidencia como candidato sin adversario, al amparo de la dictadura conservadora que había disuelto el parlamento. Lo sería también ahora si prosperara la iniciativa de Miguel Gómez, nieto imitador del jefe azul. Aboga este vástago del uribismo por una constituyente que vuelva a “ordenar todo, ojalá con una nueva carta política, (pues) el Estado está en crisis”. Y revocar el Congreso para “renovar las elites políticas”. Renovar con quién, ¿con José Obdulio?
La impetuosa protesta de la sociedad, que noqueó a la reforma de la justicia, es novedad en Colombia y esperanza de cambio en la política. Efervescencias fugaces como la Ola Verde enseñaron que el poder ciudadano se organiza en partidos y en movimientos que se dan una divisa; y candidatos capaces de derrotar en elecciones el enorme lastre de caudillismo, de corrupción y de crimen que hoy arrastran los partidos. Hundir esta reforma y desnudar la componenda entre poderes que le dio sustento, fue victoria de la ciudadanía. Otra batalla le sigue: hacerle pistola al orangután de la constituyente, instrumento de la derecha extrema.
por Cristina de la Torre | May 22, 2012 | Mayo 2012, Régimen político, Uribismo
Pudieron ser las Farc. O las bacrim. O extremistas de derecha agazapados en la sombra. O los tres juntos, antagonistas amancebados en la estupidez de querer matar las ideas a bombazos. Hoy la víctima es Fernando Londoño, señalado correligionario del uribismo a ultranza, cuyo derecho a agitar los valores más retardatarios nadie debería disputarle. Pan comido. Ya la confluencia entre Farc, narcos y sujetos de la nueva Falange ha fructificado en el negocio de la droga. Lo que aturde ahora es la impudicia de Álvaro Uribe para usar este atentado en causa propia. Para escalar en la reconquista del poder pescando en el horror, en el dolor de los huérfanos que dejan los escoltas Rosemberg Burbano y Ricardo Rodríguez. En medio de diatribas de baja estofa contra el gobierno de Santos, apuntó Uribe hacia el marco para la paz, aduciendo el riesgo de impunidad que aquel comporta. Pero acaso no le disguste tanto el marco como la paz misma. En la amargura de sus glorias muertas, tras ocho años de sólo hacer la guerra, la idea de la paz se le ofrece al expresidente como una afrenta personal; como un crimen, no un deber que la Constitución impone. Y entonces alardea con la impunidad. Impunidad-embudo: ancha para sí, irrisoria para los demás. ¿No concibió acaso su gobierno una ley de paz que elevaba a los paramilitares a la condición de rebeldes políticos, cuando casi todos resultaron ser narcotraficantes? ¿Cuándo rechazó Uribe los votos de decenas de parapolíticos que así contribuyeron a elegirlo y reelegirlo Presidente? Si esto no es legitimar la impunidad, ¿qué es?
Por ser mariscal de campo del uribismo; inflexible opositor al diálogo con la guerrilla, a la condena judicial de militares, a la ley de Víctimas y restitución de tierras, Londoño devino blanco natural de las Farc. Pero también, vaya paradoja, de la que Santos denominó mano negra, tan aplicada a desestabilizar este gobierno: Noticias Uno informó que oficiales en retiro fraguaban golpe militar contra él. Es que no siempre el victimario es el contrario ideológico de su víctima. Díganlo, si no, los atentados de la extrema derecha contra Álvaro Gómez y luego contra el busto de su padre, Laureano. O el perpetrado contra Germán Vargas, también por la derecha, y que el uribato adjudicaba a la guerrilla. Hoy sorprenden las declaraciones de un oficial de inteligencia militar a El Espectador (5,16), para quien tal vez en el caso de Londoño los terroristas quisieran significar que en Colombia no hay condiciones para la paz ni para negociar la paz; ni para más confesiones de paramilitares. Sería “una manera de forzar al Estado y a la sociedad a cerrar filas en materia de seguridad y cancelar por ahora cualquier aproximación con la guerrilla o con los paramilitares”. Manera insidiosa de presionar al Presidente a arrojar al mar la llave de la paz, que coincide casualmente con la última invectiva de su antecesor: “El gobierno Santos debilita la seguridad por buscar negociaciones con terroristas a través de la dictadura de Venezuela”.
Si Uribe depurara la oposición que él encarna en fuerza política resuelta a batirse en la arena de la democracia, el país se lo agradecería. Muchos de sus seguidores no comulgan con abrir conversaciones de paz ni con restituir tierras ni con una reforma que modernice el campo redistribuyendo predios ociosos. Sea. Líbrese una controversia civilizada. Pero antes deberá pronunciarse Uribe sobre los 127 líderes de la restitución de tierras que han sido asesinados en los seis últimos años. Y desplegar recursos distintos de éste, patrimonio de los totalitarismos, que convierte un atentado terrorista en medio para alcanzar fines políticos.
por Cristina de la Torre | Abr 24, 2012 | Abril 2012, Mujer, Régimen político
Desdeña su papel de primera dama del departamento de Antioquia. Prefiere batirse en primera línea de fuego contra las fuerzas que arrastran a miles de mujeres hasta el límite de su resistencia física y emocional, con la licencia que da el creerlas seres inferiores. Fue primero su campaña en 2008 –de hondo impacto en Medellín y registro en el extranjero- para rescatar a las jóvenes de un ideal de belleza cadavérica que los medios y la industria de la moda venden como paradigma de éxito y felicidad, pero que conduce a la anorexia y, en veces, a la muerte. La médica-siquiatra Lucrecia Ramírez no baja la guardia contra “la censura, los prejuicios, los poderes” de un medio tan hostil a la mujer. De una sociedad que concilia sin dolor el boyante negocio de la moda con la estética del narcotráfico –versado en fabricar y comprar el fenotipo anglosajón-, con la presión social que homogeniza la belleza y con las crueldades de un conservadurismo irreductible. Gimnasios, academias de modelaje, colegios, cirujanos plásticos, medios de comunicación, publicistas, industrias de alimentos y cosmética, ligas deportivas, la familia. Todo se confabula para deificar el modelo inapelable “flaquita = bonita = feliz”. Y, si no muere en el intento, la adolescente de hoy depositará mañana su fe en el Revertrex de alguna Grisales, menjurje que “esquiva la vejez”, cuya “prueba científica soy yo” –dirá la diva.
Coordinadora del Grupo Académico de Salud de las Mujeres de la Universidad de Antioquia, Ramírez dirigió una investigación que hizo historia. Evaluó el valor social de la delgadez extrema de la mujer, y la actitud frente a la prevención de la anorexbulimia, epidemia que erigió a Colombia en campeona de esta enfermedad en el mundo. La indagación comprobó que dos tercios de las adolescentes escolarizadas de Medellín corrían riesgo de trastorno alimentario. Un estudio adelantado en colegios de Bogotá concluyó que 10% de las estudiantes de bachillerato pesan hasta diez kilos menos de lo normal. Sólo consumen agua.
Para el grupo de científicas, la anorexbulimia es problema sicosocial que pesa sobre nueve mujeres de cada diez enfermos. Deriva de la presión que la publicidad, la economía y la cultura ejercen sobre las mujeres, hasta convertir su cuerpo en mercancía. El patrón de belleza delgada altera la conducta alimentaria de la adolescente, que deja de comer para hallar en aquel su identidad femenina. Todo se teje con la cantinela incesante que reza: ser flaca es ser mejor; más bella, más exitosa, más digna de amor. El dogma se impone como valor universal, imperativo, y deviene necesidad vital de la adolescente que, temiendo ser excluida, cifra en él todas sus esperanzas de integración social y de amor.
El estudio de Ramírez y su equipo ofrece directrices para prevenir la anorexia y la bulimia. Sostiene que si se modera la presión social sobre la delgadez de las adolescentes, éstas aceptarán mejor sus cuerpos y se reducirán los trastornos alimentarios. Además, se abrirá paso un criterio democrático que acepte la diversidad –gorditas, flaquitas, rubias y morenas- y eduque en la equidad de sexos.
Producto de esta investigación fue una intensa campaña educativa que sacudió a Medellín. Y una red de prevención de la anorexbulimia enderezada a crear una contracorriente de opinión adversa a la tiranía de una estética inventada para servir al dinero, a costa de la salud y la vida de las mujeres. La enfermedad rompió los muros de consultorios y centros de salud mental, para convertirse en asunto de dominio público. Pero la batalla es larga y recia. Como duro es el mazo que se descarga sobre el género femenino en la católica y abnegada Medellín. Única ciudad que vio cerrar su Clínica de la Mujer, al vuelo de las sotanas y bajo el puño inquisitorial del Procurador Ordóñez.
por Cristina de la Torre | Ene 31, 2012 | Enero 2012, Izquierda, Personajes, Régimen político, Uribismo

Usufructuario estelar de la democracia directa que la Constitución del 91 introdujo, Álvaro Uribe resolvió esta forma de participación en populismo de derecha. Ahora Gustavo Petro parece reivindicar el que algunos consideran sentido genuinamente participativo de la Carta Política. Protagonizaría un salto cualitativo del consejo comunal del ex presidente al cabildo abierto. Las asambleas de Uribe, integradas por delegados escogidos en Palacio de antemano con el fin repartir chequecitos acá y allá, catapultaron el proyecto de reelección para prolongar a doce años aquel gobierno arbitrario y corrupto. Petro, en cambio, corregiría los defectos del experimento dándoles a los concurrentes capacidad decisoria, previas campañas de información y discusión pública: prepara cabildos abiertos donde la gente se informa, delibera, define montos del presupuesto de Bogotá y decide las asignaciones levantando la mano. Apoteosis de democracia ateniense en sociedad de montoneras. “Se van a tomar decisiones vinculantes (y) la Alcaldía firmará compromisos públicos que serán llevados al Concejo”, anuncia Antonio Navarro. Serán cuatro billones cada año. ¡Cuatro billones! Tránsito notable del control personalista de los recursos públicos hacia la determinación popular de su inversión. Concedida la buena fe que anima esta iniciativa, ¿no entraña ella el peligro de diluir los dineros de la ciudad y tornar al populismo?
Inquieta la perspectiva de atomizar el presupuesto en mil proyectos de barrio para satisfacer la turbamulta de necesidades sentidas que, aún sumadas, desdeñan la jerarquía de necesidades que comprometen el bien común en una metrópoli de ocho millones de habitantes. Necesidades cuya solución reposa ahora en los expertos, en instituciones de envergadura y organización compleja, como complejos son los problemas grandes de la ciudad. Algo va de montar otra panadería en la esquina, o cincuenta más, a un programa de desarrollo industrial para crear empleo. Lo que no excusa, claro, el deber de consultar urgencias puntuales de cada localidad que emanen de los cabildos abiertos, las JAL sistematicen como proyectos y el gobierno central del distrito ejecute con una porción discreta del presupuesto distrital. Lo inexcusable será desinstitucionalizar en aras de consultas al pueblo, fuente de gobernabilidad y de votos, que derivan casi siempre en democracia plebiscitaria. Como la de Uribe.
Por otra parte, si, honrando la inquina de los constituyentes del 91 hacia los partidos, la convocatoria a cabildos se dirige en su lugar a asociaciones sociales, discutible resultará la representatividad de quienes voten en ellos plan de desarrollo y presupuesto de la capital. Es que 95% de los bogotanos declaran no pertenecer a ninguna organización social. Quienes levanten la mano, ¿serán, acaso, los activistas y los interesados de siempre que se autoproclaman “la sociedad civil”? ¿Podrán ellos encarnar el “gran salto en participación ciudadana”, el “Estado progresista que se pliega a la población misma”, en palabras del propio Petro?
El viraje hacia cabildos abiertos así concebidos persigue, sin duda, una democracia menos imperfecta. Pero despierta dudas sobre su conveniencia para acometer planes y presupuestos. Y evoca problemas de participación y representación política. Sin invocar la falsa disyuntiva entre democracia directa y democracia representativa, y en vista del efecto deplorable que la primera arrojó con Uribe, más se haría por una participación calificada depurando los partidos y revitalizándolos. Si ya Uribe era anacrónico por involucionar a tiempos idos del populismo, anacrónico resulta también negarles a los partidos su papel en la forma indirecta de participación política que hoy recupera su vigor en el mundo entero.