por Cristina de la Torre | May 15, 2018 | Derecha, Mayo 2018, Narcotráfico, Paramilitarismo, Racismo, Uribismo
Amable como su clima y su paisaje, el trato de los medellinenses desarma hasta al más hostil. Al orgullo de patria chica se suma aquí el coraje de quienes se empeñan en recoger las cenizas de una ciudad tiranizada por el narcotráfico. Pero a poco se va revelando doblegada por el que Carlos Patiño llama ethos antioqueño, amasado en discriminación, racismo e integrismo católico. Activadores de la agresión contra los excluidos y caldo de cultivo para las bandas criminales que pueblan las comunas de los “otros”, mientras el espíritu de parroquia aletea invencible sobre una metrópoli de cuatro millones de habitantes.
Más melodrama paternalista que genuina rebelión contra el medio que permite discriminar a don José Lopera en un restaurante de El Poblado, la protesta paisa parecía dar por exótico el incidente: una rareza en Medellín, meca de la igualdad, donde somos todos tan queridos. No. Luis Bernardo Vélez, Secretario de Inclusión Social, declaró que el caso de don José se repite todos los días: en el trabajo, en la escuela, en el espacio público; por motivos sociales, raciales o sexuales. Agua fría a la ficción de sociedad igualitaria.
En entrevista concedida a Natalia Arbeláez (La Silla Vacía, 6, 11, 17) el profesor Patiño describe el modelo social “totalitario” que rige en Medellín, afirmado en el conservadurismo más acendrado, en el racismo, en la vieja moral católica, en la ética al servicio del dinero, en una sociedad endogámica hostil a todo el que viene de afuera, y al de adentro que no responde a ese ideal: negros, mestizos, mulatos, zambos, librepensadores y ateos, vagos, prostitutas, mendigos, los que viven en unión libre, los hijos ilegítimos y las zonas que todos ellos ocupan, las laderas, han sido siempre excluidos en esta ciudad que se modernizó pero se negó la modernidad.
Cara ha salido la exclusión. Herederas de Pablo Escobar y de Don Berna, las bandas de las comunas se disputan el control del territorio, de la extorsión y el microtráfico, ahora fortalecidas con el Clan del Golfo. En la guerra de este año entre sus 2000 miembros, van 200 muertos. Contrapoderes ilegales que desafían al Gobierno de la ciudad y fuerzan pactos de donbernabilidad, son –según Patiño– la opción que la desindustrialización dejó. Alternativa al todovale con bendición divina que rigió los negocios en más de un grupo de poder en Antioquia, insensible a la diferencia entre economías lícitas e ilícitas, tocadas o no de grupo armado. Diríase que la revolución del narcotráfico lo fue también estética y moral. Y sin fronteras de clase. En ella, el lenguaje traqueto naturalizó el discurso del horror, personificado en el sicario de los 300 muertos que funge como propagandista del Centro Democrático.
Pero habrá siempre quien se atreva contra la dictadura del miedo. “La violencia no nos vence” fue consigna de resistencia que acompañó este 5 de mayo el soberbio concierto que diez grupos de la Comuna 13 interpretaron en defensa de la paz y en recuerdo de las 197 víctimas (entre muertos y desaparecidos) habidos en la toma de la zona por 1000 soldados y 3.000 paramilitares hace 15 años. Otra vez militarizada la comuna, se prometieron los pobladores en pleno no permitir un muerto más.
Entre tanto, en el teatro Metropolitano dirigía Andrés Orozco el Requiem de Brahms, ante un público que contenía el aliento. Al director de música sinfónica, criado en el barrio obrero de Manrique y respetado en el mundo, lo llaman “el milagro de Viena”. Esta ejecución de Brahms en Medellín se alternó con fotografías de Jesús Abad sobre la guerra. Fue una oda a los que se van, pero también a los que se quedan, declaró Orozco. Y rompió en llanto. Dulce resistencia del arte a las crueldades de la inequidad.
por Cristina de la Torre | May 2, 2018 | Abril 2018, Clientelismo, Corrupción, Derecha, Elecciones 2018, Modelo Económico, Modelo Político, Política agraria, Política económica, Reforma Agraria, Uribismo
Será joven, pero de ideas caducas. Iván Duque no sólo suscribe el neoconservadurismo que en tiempos de Thatcher-Reagan fue moda y hace estragos todavía, sino, peor aún, el modelo agrario más retardatario y violento que su partido defiende sin escrúpulos. Pero, a más de anacrónico, es temible: dúctil cera en manos del jefe que se prepara para una tercera Presidencia, de venganzas ejemplarizantes y apetitos de guerra; capaz de compartir la complacencia de algún orate por un asesinado. Y, como reafirmándose en el credo del mercado sin controles que aprendió en el BID, se alinea Duque con el capitalismo montaraz que ahora Vargas Llosa hace pasar por democracia liberal. Indiferente al fraude del escritor que por conveniencia asimila comunismo con socialdemocracia (el modelo que logró pleno empleo y niveles irrepetibles de prosperidad en Europa y EE.UU.) Cuando todos conocen el abismo que separa al totalitarismo estalinista del laborismo inglés. El mismo que mediaría entre el castromadurismo y el capitalismo social de un Petro que, también por conveniencia política, se nos oculta aquí: para ganar por pánico las elecciones.
En tersa prosa castellana que emula la del peruano, con la misma vehemencia del converso que salta de una fe a la opuesta, anuncia Plinio Mendoza su voto por Iván Duque, quien “traza una ruta que hoy debe seguir Colombia para no continuar viviendo en los humedales del Tercer Mundo”. Mas, todo indica que Duque convertiría los humedales en pantano. En trazado clásico de neoliberalismo, este concibe el crecimiento sólo para los ricos; ya podrían los pobres con el tiempo recoger las migajas de aquel banquete. Nada de democracia económica, de repartir algo conforme se crece. En impuestos, se muestra el candidato vergonzosamente regresivo: siendo en Colombia los menores del mundo, se los baja, aún más, a los acaudalados. Como le parecen “confiscatorias” las tarifas del predial en el campo –un mísero 2,3 por mil– bloqueará la actualización del catastro y eximirá del gravamen por diez años a los terratenientes.
Blanco principal de su loca ofensiva contra la paz será la Reforma Rural. La hundirá, para preservar el poder ancestral del latifundio, extendido a tierras usurpadas a dos manos con el paramilitarismo. Perdonará a dudosos compradores de buena fe en predios robados a campesinos. Para otro lado miró no ha mucho, cuando urabeños asesinaron a ocho policías que protegían a funcionarios en acto de devolución de un predio en El Tomate. Tampoco ha musitado palabra contra el asesinato de 280 líderes cívicos y de restitución de tierras en 18 meses. ¿Se precia Duque de liberal, de juvenil esperanza de la patria?
No lo es. Por convicción y por ser “el que es”, extraído del cubilete del Divino para que cumpla desde Palacio sus designios. El primero, restaurar el huevito de la confianza inversionista, en cuya virtud eximió Uribe de impuestos a empresas seleccionadas a dedo; lo que en su época le sustrajo al fisco $8,5 billones al año. Suscribió con otras contratos de estabilidad jurídica a 20 años. A compañías de zonas francas les redujo el impuesto de 33% a 15%. Ricos, paras y amigos recibieron $1,4 billones de AIS, destinados en principio a los campesinos. La llamada flexibilización laboral menoscabó la estabilidad y el ingreso de los trabajadores.
Iván Duque condensa en estado casi puro un proyecto de potente tacada reaccionaria. Si gana, impondrá el peso muerto, ominoso del pasado que las fuerzas más oscuras querrán contraponer a los anhelos de cambio cuando el país daba pasos ciertos hacia la paz. La edad no dice nada: el estadounidense Bernie Sanders, a sus 80, encarna la frescura de la juventud; Iván Duque, a sus 40, da palos de ciego voluntario en las tinieblas de la caverna.
por Cristina de la Torre | Abr 1, 2018 | Corrupción, Derecha, Elecciones 2018, Impunidad, Justicia, Marzo 2018, Modelo Económico en Colombia, Modelo Político, Política económica, Régimen político, Tierras
Se desboca el uribismo hacia la restauración de la autocracia. Jefe, candidato y partido del Centro Democrático van anticipando los trazos archisabidos de los regímenes de fuerza. Con la insolencia del que se siente ya sentado en el solio de Bolívar, anuncia Uribe venganza contra la prensa libre. Mientras tanto Duque, cinco en disciplina, recita en jaculatorias el plan de gobierno de su “presidente eterno”: disolver las Cortes que juzgan al expresidente y sus amigos, para fundirlas en órgano único que, en un régimen arbitrario, personalista, no podría sino caer bajo la égida del gobernante. Bajar aún más impuestos a los ricos y multiplicarles las gabelas. Herir de muerte la restitución de tierras, la reforma rural y sabotear el catastro llamado a ordenar el territorio, a planificar la producción y a fijar en justicia el impuesto predial. En abrazo a conmilitones involucrados en atrocidades de guerra, desmontará (o cercenará) el tribunal de Justicia Especial de Paz; y echará por tierra los acuerdos que condujeron a la desmovilización de la guerrilla más antigua del mundo ¿No es esto hacer trizas la paz, logro espléndido? ¿No es volver a la guerra?
Tras persecución implacable que siendo presidente protagonizó contra la Corte que juzgaba a su bancada de parapolíticos, Álvaro Uribe se sinceró por fin el 31 de agosto de 2017: propuso revocar las Cortes y armar en su lugar una sola. Duque recogió el guante: a desmontar la Constitucional que le negó a Uribe una segunda reelección (para eternizarse, como Evo, como Ortega, como Maduro, en el poder); y la Suprema que hoy le sigue 28 procesos por supuestas manipulación de testigos, masacres, y creación de grupos paramilitares. Abierto ahora el de falsos testigos, “denunció” el flamante candidato la existencia de “un pacto entre el Gobierno y las Farc Para encarcelar a Uribe”; gastada monserga de quien ha burlado así la ley.
De la mano de la persecución a los jueces vino –y vendría– la encerrona a los periodistas que informan con rigor y opinan en libertad: Matador, Daniel Coronell, Yolanda Ruiz, Cecilia Orozco, Yohir Akerman, Daniel Samper, para mencionar los de la hora. Sostuvo Edison Lanza, relator para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que, en lides de asedio a la prensa, fue Trump el que aprendió de Nicolás Maduro, de Diosdado Cabello, de Álvaro Uribe. Ya antes que el gringo, estos habían dado a periodistas trato de subversivos, de enemigos del pueblo y –agregaríamos aquí– de terroristas.
El programa económico de Duque es calco esmerado del de su mentor. En modo Trump, concedería ventajas tributarias exorbitantes a los millonarios. Con lo que extremaría la inequidad: reduciría la inversión pública y desfinanciaría el gasto social en educación, salud e infraestructura. Sin impuesto a la riqueza y a los dividendos, imposible moderar la desigualdad en un país donde el 1% de la gente recibe el 22% del ingreso. Ha expresado Duque en todos los tonos su oposición a la restitución de tierras –6.800.000 hectáreas arrebatadas a sangre y fuego– y a la reforma rural, pretextando “vacíos jurídicos” en la ley. Más expresivo, su vecino de bancada y converso, Alfredo Rangel, desconceptúa la Ley de Tierras, que “sólo da incertidumbre jurídica a los inversionistas”; y, en sibilina amenaza, advierte que los propietarios “de buena fe” se irían a las armas. Ese mismo día, Duque anuncia que eximirá de impuesto de renta por diez años a grandes inversionistas del campo.
¿No configura todo aquello un clásico programa de ultraderecha, adobado con dudas sobre la pulcritud del candidato? ¿O no estuvo Duque presente en el Brasil cuando se negociaba la entrega ilegal de $US1,6 millones para la campaña de su partido?
por Cristina de la Torre | Feb 6, 2018 | Banca, Elecciones 2018, Febrero 2018, Izquierda, Partidos, Uribismo
Como si el uribismo no representara la fuerza más caracterizadamente reaccionaria del país, Iván Duque se siente “in” negando la existencia de la dupla izquierda-derecha. Argucia pueril ésta de negar la cuna, savia y razón de ser del Centro Democrático: su contraparte, la izquierda armada que las Farc encarnaron en su hora. Enemigo providencial, ellas le permitieron librar una guerra menos contra el comunismo que contra el campesinado, para repotenciar la ya injuriosa concentración de la tierra. Y para instaurar un régimen de fuerza. Huyéndole por cálculo electoral a la propia sombra de su partido –forjado en un historial de corrupción, ilegalidad y violencia– intenta Duque su presentación en sociedad. Consiste en impostar candor juvenil cuando calla sobre restitución de tierras o actualización del catastro; cuando propone bajar más impuestos a los ricos, resucitar las mortíferas Convivir y negarles a la Farc el derecho ganado de hacer política, por ver si esta vuelve a la guerra. En otra orilla, Gustavo Petro personifica la alternativa más vigorosa de izquierda legal. Mas, pese a su carisma, parece condenado por contrapropaganda de la derecha a correr en solitario por la Presidencia.
Con moderados que recelan de las extremas, Humberto de la Calle y Sergio Fajardo, la trilogía derecha-izquierda-centro (presupuesto de la democracia) se depura por fin en Colombia, tras la resaca del Frente Nacional. Y son las ideas de igualdad, libertad y paz las que trazan fronteras en el abanico de la política. Si a la ultraderecha la desigualdad se le antoja fatalidad inmóvil, la izquierda busca eliminarla o atemperarla. Se afirma ella en los valores de la democracia: equidad, pluralismo, Estado laico y Gobierno de leyes, no de caudillos autoinvestidos de tales.
Ni la izquierda ni la derecha ni el centro se presentan como opciones puras, homogéneas. En este último rivalizan por ahora progresistas en alianza con partidos contestatarios, para dibujar propuestas de centro-izquierda. Pero también Fajardo niega la disyuntiva entre izquierda y derecha. Parece interpretar que centro es neutralidad, ambigüedad, vacilación, mutismo ante problemas que demandan acometida precisa. Como la de renegociar el TLC, que el Polo, su aliado, ventilaba. Prestada de su otra aliada, Claudia López, concentra energías en la consigna anticorrupción, acaso desdibujada ya por el manoseo de todos, uribismo comprendido, ¡válgame, Dios!
Bien definida, en cambio, la alianza de Humberto de la Calle con Clara López acopla reformismo liberal e izquierda moderada. Fórmula fogueada en viejas lides, no esconde sus propósitos: defender la paz de los embates de la Mano Negra y de quienes prometen “perfeccionarla” destruyendo los acuerdos que pusieron fin a la guerra. Construir un país que rompa la inequidad con un modelo social y económico cimentado en la igualdad de oportunidades; en la industrialización que apunta al desarrollo con pleno empleo; en la solidificación del Estado laico y su preservación contra toda tentación autoritaria.
Mientras vuelve De la Calle al reformismo liberal que no pudo ser, nada en el discurso de Clara evoca la revolución proletaria ni el imperialismo yanqui ni la lucha de clases. Nada en ella evoca a la izquierda tradicional, confiscatoria. Pero sí permite esta convergencia soñar con el modelo socialdemócrata en su versión cepalina, latinoamericana, de Estado industrializante, promotor del desarrollo. ¿Serán posturas tan sensatas las que frenan la indispensable alianza entre coaliciones de centro-izquierda? ¿Será la corrosiva vanidad, indiferente a la catástrofe que un Gobierno de derechas traería? En democracias pluralistas, por imperfectas que ellas sean, el porvenir no es de los extremistas de izquierda o de derecha; es de los moderados.
por Cristina de la Torre | Nov 22, 2017 | Actores del conflicto armado, Derecha, La paz, Noviembre 2017, Paramilitarismo, Posconflicto, Reforma Agraria, Tierras, Uribismo
Primer acto: tras una campaña difamatoria de años que vendía el Acuerdo Agrario de La Habana como arremetida colectivizadora del campo, uribismo y varguismo cooptan al Consejo Gremial e intimidan al Gobierno para trocar la Ley de Tierras en la más agresiva contrarreforma agraria que el país conozca. Segundo acto: Corte Constitucional y Congreso saltan de la relativa impunidad concedida a las Farc a impunidad total para dos actores cruciales de la guerra: para civiles responsables de atrocidades y para mandos militares que las cohonestaron. Ni castigo para estos, ni verdad para las víctimas. Tercer acto: en las tinieblas de la noche, desenfunda el Senado su daga siciliana para tajar el cuello de medio Tribunal de Paz. Y de la Constitución. Lejos de catalogar como ventaja precisamente su solvencia en derechos humanos y delitos de guerra, ésta le parece, vea usted, una amenaza. Ya el senador Uribe había sindicado de terrorista al reconocido historiador Mauricio Archila, creyéndolo miembro de ese órgano. Epílogo: como no se discutía ya si la Farc podía o no hacer política, sino cuándo, los tres actos de la que pareciera comedia de equivocaciones podrán derivar en drama triunfal de la derecha. O en tragedia, si algún gatillero toma a pecho la acusación contra Archila.
Podrá vaticinarse que ninguno de los 15.000 civiles incursos en delitos graves del conflicto con prontuario en la Fiscalía, sea de izquierda o de derecha, abandonará ese cálido nido para presentarse voluntariamente ante la JEP. Por más que muchos de ellos emulen la conducta de un Jaime Alberto Angulo, o de un Gordo García. Terrateniente el primero, no fue paramilitar, pero participó en la masacre de El Aro en 1997, cuando 200 paramilitares incendiaron el poblado, asesinaron a 16 personas y desplazaron a otras 250. Angulo se sumó a la orgía de sangre y terminó acusado de crímenes de lesa humanidad. García, el segundo, gran elector de Sucre y parlamentario 24 años, tampoco fue paramilitar, pero participó en la masacre de Macayepo que las AUC perpetraron a machete y garrote contra campesinos indefensos. Detalla la sentencia de la Corte Suprema contra él sus reuniones con otros políticos, ganaderos, empresarios y el entonces gobernador del departamento para pactar negocios y “hasta asesinatos” con jefes paramilitares. ¿Cuántos entre los 15.000 habrá que menearan en encuentros de tal laya negocios de narcotráfico y de tierras?
El despojo de predios ha sido masivo, violento y asegurado por ejércitos anti restitución; y la usurpación de baldíos no cesa. Virtual contrarreforma agraria que deja al Estado sin tierra disponible para entregar a los labriegos que la necesitan, dar vitalidad a la economía campesina y eliminar la causa mayor del conflicto. A remediarla con tierras públicas apuntaba La Ley de Tierras. Pero entonces tronó unánime la voz de quienes llevan dos siglos apoderándose de todo en el campo. El proyecto de ley evolucionó de caricatura a afrenta: a instancias de los gremios, de los ricos y de la ultraderecha, terminará por legalizar el despojo y la acumulación ilegal de baldíos.
El Uribe-varguismo soñará con haber hecho moñona contra los dos pilares del Acuerdo de paz: la Reforma Rural y la JEP. Más se equivoca si no percibe a tiempo la oleada de rabia que crece día a día contra la clase parlamentaria que le reporta a esa derecha sus triunfos de ocasión. Contra la inequidad agudizada del campo que podrá estallar, de nuevo, en guerra. Contra la saga de la Violencia que pretendió cerrar ese conflicto mediante un pacto de silencio entre las élites responsables, y que hoy querría repetir el espejismo exonerando de la verdad a los Angulo y a los Guerra.