por Cristina de la Torre | Jul 9, 2024 | Actores del conflicto armado, Capitalismo, Conflicto armado, Conflicto interno, ELN, Guerrillas, Impunidad, Industrialización, Julio 2024, Justicia, Neoliberalismo, Nueva Izquierda, Polarización social, Progresismo, Protesta social, Régimen político, Socialdemocracia, Violencia
A sesenta años de recorrido, más fértil en crueldades que en aciertos, se consagra el Eln como fenómeno protuberante de irrelevancia histórica. Lejos de renunciar al secuestro y allanarse a la meta de deponer las armas que la paz demanda, se ratifica esa guerrilla en su principio de origen y sella una declaración con el desafiante “¡ni un paso atrás, liberación o muerte!”. En agudo, sugerente ensayo titulado “La revuelta post neoliberal, el horizonte intelectual de la nueva izquierda progresista”, señala Iván Garzón que con la caída del socialismo real en 1989 las propuestas de revolución armada periclitaron: anacronismo que, de toda Iberoamérica, solo subsiste en Colombia con el Eln, el EMC y la Segunda Marquetalia.
Esa revolución -escribe- quedó en el pasado como figura retórica, como metáfora al uso de panfletos. Mientras rompe el progresismo con la mitología del fusil, los nuevos movimientos contra el capitalismo son antiautoritarios, igualitarios. El proyecto intelectual de la izquierda progresista busca hoy, de un lado, limar desigualdades y darle al Estado un rol activo frente al mercado: es la revuelta anti neoliberal, de reformismo socialista y democrático, ecológica, mestiza y feminista. Y, del otro, el fin de las utopías del siglo XX trajo una convicción rotunda: cualquier nuevo mundo imaginado no será ya alumbrado con una revolución violenta. Desde estos dos flancos enfrenta la izquierda el duro trance de reinventarse y darse una teoría unificadora.
El siglo XX concluyó con el desplazamiento del Estado de bienestar por el neoliberalismo, y el proceso de igualación económica que había despuntado en la posguerra se revirtió abruptamente. Este capitalismo agresivo, de avanzada financiera, es el nuevo paradigma. Tan desafiantes sus excesos – diría uno- que la nueva izquierda, liberada de la fantasía insurreccional, echa mano en su perplejidad de la divisa socialdemócrata. Que tiene en nuestros países su historia como Estado promotor del desarrollo, primeros intentos redistributivos y hoy ampliado al abigarrado cuadro del movimiento social. Fresco de industrialización precaria o frustrada, donde la tensión burguesía-clase trabajadora y su revolución proletaria apenas se insinúa. Otro símbolo prestado a nuestra vieja izquierda, diluido en sueños.
Señala nuestro autor que el capitalismo mutó de modelo económico a un tipo de sociedad: el ethos de la sociedad neoliberal. La nueva izquierda sazona su alternativa desde las barricadas de su revuelta: justicia fiscal, Estado emprendedor, ecología, no violencia y un buen vivir. Paradoja: es revuelta, no revolución.
Inquietudes. Uno: afirma Garzón que nuestra izquierda no está en sintonía con su pasado. Es que no fue unívoca esta fuerza. Franjas de la izquierda democrática habían ya librado batallas ideológicas con guerrillas que quisieron imponer su discurso al espectro entero de la oposición contestataria. Y el establecimiento cabalgó encantado sobre la impostura que graduaba de insurgente a todo adversario. La infló para endurecer, aún más, el sistema de privilegio. No podía esta izquierda triunfar en aquel lance, acorralada como se vio entre los fusiles de la izquierda armada y los del régimen.
Dos: Instala el autor al presidente Petro en la corriente de izquierda popular que enfrenta a la plebe con la elite, y desdeña la democracia liberal. En la otra orilla estaría el reformismo socialdemócrata que busca el consenso. Pero Petro acude lo mismo al populismo que a los rigores del Estado de derecho. Mientras agita el poder constituyente (del pueblo) convoca un acuerdo republicano sobre reformas democrático-liberales. Apunta contra el neoliberalismo y contra la violencia, desde el Congreso y con la turbamulta.
por Cristina de la Torre | Jul 3, 2024 | Álvaro Uribe Vélez, Corrupción, Fascismo, Fiscalía General de la Nación, Fuerzas Armadas, Gustavo Petro, Impunidad, Iván Duque, Julio 2024, Justicia, Neoliberalismo, Nueva Izquierda, Pacto Histórico, Pacto Social, Paramilitarismo, Parapolítica, Paro Nacional, Partidos, Personajes, Polarización social, Policía Nacional, Política de Estado, Régimen político, Seguridad democrática, Seguridad Humana, Uribismo, Violencia
No sorprende que a la voz de chuzadas se enciendan en Colombia todas las alarmas: el solo recuerdo de las andanzas del DAS en el régimen de Seguridad Democrática pone los pelos de punta. El órgano de inteligencia del Ejecutivo espió, persiguió, chuzó y perfiló a la Corte Suprema de Justicia que procesaba a decenas de parapolíticos y, en su religión anticomunista, chuzó a opositores asimilados a enemigo interno, llegó a propiciar torturas y hasta asesinatos. Quienes obraron entonces desde los meandros de la Guerra Fría procederían ahora con idéntico estandarte contra el Gobierno del cambio. Dijo el presidente que antiguos chuzadores expulsados del Gobierno vuelven por sus fueros para destruirlo: hoy enfrentamos, precisó, una campaña orquestada por grupos de oscuro origen para desprestigiar al Gobierno, a las inteligencias y a algunas estructuras militares. Y para enemistarlo con otras ramas del poder público. Se habría configurado así la más audaz intentona desestabilizadora contra este Gobierno. Con todo, tendrá el presidente que pedir investigación sobre la DNI en estos dos años y exigir sanciones si resultan responsables.
En ejercicio de su “libertad de dudar”, recuerda Cecilia Orozco que los organismos de inteligencia del Ejército y la Policía son los más potentes, se manejan solos y no responden necesariamente a sus superiores civiles. Sobre todo si estos discrepan de la formación castrense apoyada en la doctrina gringa de seguridad nacional. El fantasma del comunismo recorre todavía los cuarteles que en el Gobierno Uribe frecuentó y regresó con bríos a los órganos de espionaje en la Administración Duque. Se pregunta ella a quién obedecen los jefes de aquella inteligencia que sobreviven hoy: “¿a Petro, el ´comunista guerrillero´, o a sus patrones Duque-Uribe y a sus generales Zapateiro y Vargas que parecen seguir actuando a través de sus ex oficiales?”
Si no fuera por el sufrimiento causado, el mentís de Uribe movería a risa: “dijeron que yo le estaba haciendo seguimiento a la Corte Suprema. Nunca (…) Yo he sido un combatiente de frente”. Por el escándalo del DAS, su círculo más estrecho terminó en la cárcel: el director de la entidad, Jorge Noguera, entre otros cargos, por haber ordenado el asesinato del profesor Correa De Andreis; la directora Maria del pilar Hurtado; el exdirector de Inteligencia, Fernando Tabares, quien declaró en juicio que el más alto nivel de la Presidencia estaba al tanto de cuanto sucedía con los seguimientos y las interceptaciones ilegales. Revela Verdad Abierta que varias veces se fraguaron complots con exparamilitares contra la Corte: en particular contra los magistrados auxiliares Iván Velásquez (hoy ministro de Defensa) y Luz Adriana Camargo (hoy Fiscal General).
Todo revivió ahora con la denuncia del magistrado Jorge Ibáñez de que sus comunicaciones estarían intervenidas, y con las sospechas del senador David Luna sobre abuso igual. Las Altas Cortes rechazaron estos hechos, por atentar contra la democracia y contra la seguridad de los jueces. El director de la ANI, Carlos Ramón González, informó que su entidad no hace seguimiento de personas (confiado éste al Ejército y a la Policía) sino inteligencia estratégica contra grandes organizaciones delincuenciales: por eso no dispone siquiera de esa tecnología. La ANI, aclara, es una entidad civil y desarmada. No reconoce enemigo interno ni persigue a la oposición.
Mientras da su veredicto la Fiscalía, las circunstancias sugieren que, si hay chuzadas, estas vendrían principalmente de la derecha radical. Si con ellas selló hace 15 años un régimen de fuerza, hoy pretende llenar el vacío de una oposición incapaz de contrapropuestas plausibles a los problemas del país.
por Cristina de la Torre | Jun 25, 2024 | Banca, Capitalismo, Capitalismo Social, Economía productiva, Gustavo Petro, Impuesto progresivo, Junio 2024, Justicia tributaria, Modelo Económico, Modelo Económico en Colombia, Movimiento social, Neoliberalismo, Nueva Izquierda, Pensiones, Polarización social, Política de Estado, Política económica, Protesta social, Reforma tributaria, Reforma tributaria progresiva, Seguridad social, Socialdemocracia
No se trata apenas de que Petro quiera, o no, el acuerdo nacional: es que la contraparte quiera discutir y ajustar el modelo que aquel ofrece como alternativa de cambio. Que no es “neocomunista”, como la califica el mentor de la derecha más oscura, pues no apunta al derrocamiento del sistema sino al cambio de modelo: del molde neoliberal (que bloqueó el desarrollo, des industrializó, ensanchó las desigualdades y disparó la pobreza) al modelo mixto, concertado, de capitalismo social. Y cristaliza en dos escenarios: en seguridad social, devuelve al Estado la dirección de las políticas que garantizan derechos fundamentales no delegables como educación, pensiones y salud; rescata su iniciativa sobre las políticas y capacidad de control financiero, aún compartiendo gestión con el sector privado. En economía, afinca el desarrollo en el aparato productivo hacia la reindustrialización, mediante alianza de capital público y privado. Derrotero ya paladeado en Colombia y consolidado verbigracia por todos los gobiernos de izquierda y de derecha en el Brasil, sexta economía del mundo.
Claro, contra el Acuerdo conspira la exaltación retórica de las partes, acaso por llegar fortalecidas a un escenario de negociación en el único país de la región que hasta ahora estrena alternancia con la izquierda en el Gobierno y en campaña electoral con el recuerdo del estallido social pegado todavía a la piel.
Se quejan los empresarios de la incertidumbre que el presidente siembra con sus cambios de humor en la política oficial. Los saben cambios de humor, pero tal vez los magnifican para justificar derivas que en cualquier país se llaman huelga o sabotaje: dejaron de invertir 70 billones y pusieron en riesgo la economía. Claro que a ello contribuyeron las altas tasas de interés, pero el protagonista fue el temor autoinducido que indujo la desinversión. Más ¿a qué tanto drama? Quizás a la autocomplacencia en el privilegio que se recibe como por derecho divino. Recuerda la columnista Tatiana Acevedo que en Colombia la distribución de la riqueza opera de abajo hacia arriba: las mayorías (que ganan y tienen menos) subsidian a las minorías (que ganan y tienen más). La Carta del 91 dio a los banqueros un poder en la economía colombiana sin paralelo en el mundo.
Por su parte, Petro siembra miedo movilizando multitudes cuya resistencia querría transformar en poder constituyente. Esta utopía de democracia directa de Antonio Negri se sitúa por encima de las instituciones, del Estado, de la representación y de los partidos: es respuesta del anarquismo a los vacíos de la representación política en la democracia liberal. Voluntarismo episódico. Reedición del estado de opinión que distorsiona la veleidosa apelación del 91 a la democracia participativa.
Todos meten miedo. Todos parecen cañar. Y en el desconcertante vaivén sobre el Acuerdo, se escriben pronunciamientos en granito: dijo Petro que si se logra “un verdadero acuerdo nacional” en reformas legislativas, habría representación de otras fuerzas políticas. A poco, que la aprobación de la reforma pensional revivía la posibilidad del Acuerdo. Y Luis Carlos Reyes, ministro de Industria y Comercio, abunda en invitaciones al sector privado a concertar con el Gobierno la política industrial. Promete crédito amplio y subsidiado para inversiones en industria, energías renovables y agroindustria. Y el viejo Certificado de Abono Tributario para diversificar exportaciones.
El conflicto no enfrenta hoy comunismo y capitalismo, sino socialdemocracia y neoliberalismo. Para solucionarlo, no habría que inventar la rueda, sino poner a rodar la guardada por nuevos caminos. Si en ello va un margen de justicia social, bien vale un parto con dolor.
por Cristina de la Torre | Nov 15, 2022 | Capitalismo Social, Derecha, Estado de Derecho, Internacional, Izquierda, Neoliberalismo, Noviembre 2022, Nueva Izquierda, Personajes, Socialdemocracia, Violencia
Hace 20 años llegó Lula a la presidencia de Brasil como candidato del Partido de los Trabajadores; hoy gana en cabeza de una coalición que abarca desde la izquierda socialista hasta la derecha republicana. Su vicepresidente será un hombre de centro-derecha. También triunfaron Petro en Colombia y Boric en Chile mediante alianza gestada en el apremio de salvar la democracia, en sociedades descuartizadas por la dinámica “libertaria” del sálvese-quien-pueda, tierra abonada para mesías sedientos de poder. Nirvana de los Bolsonaro que añoran la dictadura militar, de los neonazis discípulos de Pinochet, de los Rodolfo Hernández que se reclaman prosélitos de Hitler. En su insubordinación ultraconservadora, cooptan ellos el descontento con el establecimiento para terminar por afianzar su arbitrariedad y sus violencias.
En disputa por el favor popular (más turbamulta que fuerzas organizadas) la nueva izquierda ha jubilado sus anacronismos. Ni insurrección armada; ni lucha de clases en cabeza de vanguardias obreras inexistentes o menguadas por la desindustrialización que expande la anárquica informalidad; ni dictadura del proletariado, ni dictadura alguna. En lugar de revolución, democracia y reforma para un cambio sin retorno. Alternativas al alzamiento reaccionario contra el Estado liberal y el capitalismo social-solidario, ornado de patria, dios, familia propiedad y riqueza labrada en el hambre de los más. Viraje medular de esta nueva izquierda, reconfigura la política en la región. Y desafía lo mismo la deriva autocrática de Bolsonaro que las dictaduras de Venezuela, Nicaragua y Cuba.
Esta victoria no es mía -proclamó en su parte de victoria Lula- ni del PT, ni de los partidos que me apoyaron; es victoria de un inmenso movimiento democrático que se formó por encima de los partidos, de los intereses personales y los ideológicos, para que triunfara la democracia. Y su prioridad será, de nuevo, hambre cero: que todos los brasileños puedan desayunar, almorzar y comer. Mas no fue un choque del pueblo con la elite del poder, pues aquel se repartió por mitades entre opciones opuestas: la del cambio, y la de manipulación de la rabia contra el estatus quo, pero no para golpearlo sino para reforzarlo.
Manes del populismo de derecha, que es antiliberal en política y ultraliberal en economía: de vuelta al individualismo radical y a la libertad económica sin control que deriva en monopolio, destruye a un tiempo el principio solidario que cimenta el tejido social y toda garantía de equidad. En la otra orilla, se pone el énfasis en la igualdad, en el Estado de derecho, en la justicia social. El enfrentamiento será, a la postre, entre autoritarismo y democracia.
Atomizada la sociedad, debilitados los partidos, hoy se transita en América Latina de la lucha de clases a la lucha entre bloques policlasistas. La izquierda parece haber asimilado por fin el golpe de la caída del muro de Berlín, el desplome de la ortodoxia que irradiaron los partidos comunistas del bloque chinosoviético. La desindustrialización provocada por la apertura neoliberal en estas décadas sumó nuevas barreras a la formación de un proletariado en nuestros países y frustró en el huevo el modelo de partido revolucionario que campeó en la Europa industrializada.
Y sin embargo, el regreso de Lula, el ascenso de Petro y de Boric, entre otros, bebe en la fuente de la socialdemocracia europea. Su versión criolla, depurada por la Cepal, fue fórmula del Estado promotor del desarrollo pero sucumbió a los garrotazos del Consenso de Washington. Antípoda del añoso populismo caudillista que Uribe y Fujimori resucitaron en formato neoliberal, fue calibrada ya cuando Lula sacó de la pobreza a 35 millones de brasileños y convirtió a su país en séptima potencia del mundo. Se sacude la izquierda sus anacronismos.
por Cristina de la Torre | Ene 12, 2022 | Democracia Liberal, Enero 2022, Libre Mercado, Neoliberalismo, Nueva Izquierda, Socialdemocracia
Mientras en Colombia la apretada rosca de los elegidos celebra 30 años del libre mercado que rebosó sus arcas, Boric reinicia en la región el reencuentro con la socialdemocracia en su modo latinoamericano de promotora del desarrollo. Se despliega aquí el ceremonial del neoliberalismo, religión laica cuyos ritos y pontífices no consiguen barnizar sus estropicios: el desmonte de la economía propia y el hambre impuesta a medio país. Y patalea la derecha: advierte el columnista Andrés Espinoza que con Boric se lanza Chile al abismo comunista. Pero el presidente elegido por aplastante mayoría encarna una nueva izquierda. A expresa distancia del dogma leninista; de los regímenes que en Venezuela, Cuba y Nicaragua prolongan la saga centenaria de tiranías, promete, faltaría más, enterrar el modelo Friedman-Pinochet y resignificar la democracia. E incorpora la defensa del feminismo, del ambiente, de las minorías, del matrimonio igualitario, del aborto.
Boric fraterniza con la socialdemocracia que en Europa redistribuye el bienestar y en nuestros países lima desigualdades, conjura la miseria, extiende los derechos y libertades de la democracia liberal. Como ya lo hicieran Lula en Brasil y Mujica en Uruguay: revitalizando el Estado. Con respeto a la propiedad, a la iniciativa privada, al mercado competitivo. En lugar de nacionalizaciones, regulación de la economía y amplia política social, con responsabilidad fiscal. Como en cualquier democracia que se respete, promete Boric subir impuestos a quienes más tienen, crear un fondo universal de salud, intervenir los fondos privados de pensiones que ganan cifras absurdas pagando a sus afiliados menos de un tercio de sus aportes a pensión. Crear, en su lugar, un sistema público de pensiones autónomo, sin fines de lucro y sin AFP. Boric cierra el ciclo histórico de un modelo de crecimiento disparado para los más ricos, que no de desarrollo económico y social.
El modelo de marras glorificó el mercado, encogió el Estado y el gasto público, concedió todas las prerrogativas al gran capital. Resultado, el enriquecimiento de una minoría hasta la obscenidad y mayor empobrecimiento de las mayorías. Cristalizó todo ello en la mercantilización de la salud, la educación y las pensiones, que Boric se propone revertir, disponiendo el capitalismo en función de la igualdad. La alternativa agrega a las libertades y derechos de la democracia liberal un horizonte de igualdad social y económica dibujado desde el Estado, y nuevas formas de ciudadanía. La alternativa es la reforma, no la revolución. Y vuelve por los fueros de la planeación estratégica.
A la planificación del desarrollo concertado sobre el eje de la industrialización tornó Lula para arrancar de la pobreza a 35 millones de personas, promover a 38 millones a la clase media y crear 20 millones de empleos formales. Hoy pinta Lula para repetir. Si vuelvo a la presidencia, ha dicho, no será para hacer menos de lo que hice: el mejor momento de inclusión social, educación, empleo y salarios. Si regreso, será para que el pueblo vuelva a comer tres veces al día, para que pueda trabajar e ir a la universidad. Quince años gobernó la izquierda moderada en Uruguay en cuatro frentes: desarrollo económico, igualdad social, derechos humanos y modernización política. Su mentor, Mujica, devino en referente político para la izquierda democrática del mundo.
Si en Colombia el estallido social endureció aún más a la derecha, en Chile se saltó de las barricadas a las urnas y de éstas al poder. Al poder que ejecutará el cambio paso a paso. Entré en la política, dijo Boric, con las manos limpias, con el corazón caliente, pero con la cabeza fría. En todo caso su bandera flamea en Chile y coquetea a todo el vecindario: “Si Chile fue la cuna del neoliberalismo en Latinoamérica, también será su tumba”.